domingo, 10 de julio de 2011

Mario Vargas Llosa. La libertad y la vida, 2008: el homenaje que no fue

El 2008 se realizó una exposición-homenaje a Vargas Llosa en una casona de Lima y para acompañarla un libro del lujo fue publicado por Planeta, Mario Vargas Llosa. La libertad y la vida. El título es esotérico: el homenajeado puede ser un defensor de los derechos humanos, anticastrista; un ex guerrillero, pariente de Mandela; acaso a un vividor de la vida si hacemos un mal chiste y un pleonasmo. Parafraseando las primeras líneas de La Fiesta del Chivo, no le han hecho un favor sus editores; el nombre del homenaje da la idea de un planeta, de un mineral, de todo, salvo de uno de los más grandes novelistas que parió el siglo XX. El título sugiere muchas cosas pero eso se lo debemos más a un acto de improvisación más que de (mala) poesía. Como comprobaremos al escudriñar el contenido.

Hojear es la palabra más adecuada para describir lo único que se puede hacer ante este folleto extragrande de dos kilos y medio. Durante páginas uno tiene la impresión de estar en el mundo detrás del espejo de Alicia, el mundo al revés: los lados secundarios de la obra de Mario ocupan páginas enteras y sus obras maestras están arrinconadas como cosa demasiado sabida. (En gustos personales, repruebo que una foto con Jorge Edwards –grande amigo de don Mario por lo demás- ocupe una página entera y que una con Sartre o Saramago, una sexta parte.)

Es un libro de imágenes pero cuatro personas se reparten textos para acompañarlo. Amigos queridísimos según confesión de Mario, y no hay la menor razón para dudar de ello. El problema es que los textos que han garabateado para la ocasión no están a la altura. Fernando de Szyszlo nos dibuja en dos brochazos verbales al Mario que todos conocemos por los diarios, lo que quizás sea, a fin de cuentas, un gesto de quien quiere preservar la intimidad. Alonso Cueto prefiere repetir letra por letra lo que ya ha escrito sobre Mario en otros sitios, en apuntes caóticos que saben a notas para una clase universitaria: uno de esos textos con los que novelistas como él se ganan la vida.  Juan Ossio escribe un texto que es un ejemplo de amiguismo, no de amistad. Freddy Cooper Llosa escribe una memoria de la campaña presidencial de 1990, con algunas anécdotas nuevas, y cuya cantidad apabullante de páginas sería adecuada –treinta, como Cueto- si el motivo del homenaje fuera de índole política. El texto de Cooper Llosa es tan extenso que es por derecho propio un libro dentro del libro.  A quienes estamos acostumbrados a encontrar textos apresurados en “libros de mesa” como este, no debe sorprendernos que sean textos de circunstancias, nada sentidos. Antes que describir al buen amigo que don Mario debe ser, las palabras sugieren una efigie, hierática e inescrutable, un ídolo, como podría describirlo yo o Perico de Palothes que no conocemos al hombre.  (Freddy Cooper: don Mario “redimió políticamente” a los peruanos.)

Eso en cuanto a la vida.

Las primicias literarias son atinadas hasta que uno comprueba que están a medio hacer: un cuento inédito de Mario, “El callejón” (1953), está reproducido trunco. Lo mismo con una primera versión del cuento “El abuelo” que reaparecería en la edición definitiva del cuentario Los jefes, en 1980. No han sido consideradas como lo que son, texto, sino pura imagen, o peor: relleno.

He recorrido los libros de Vargas Llosa, los que valen la pena, más de una vez, y hojeando este libro apenas he reconocido alguna huella de que el homenajeado es el autor de Conversación en La Catedral o La guerra del fin del mundo. Más bien parece que al recopilador del folleto que es libro le gusta tanto el cine que ha proyectado su gusto en el propio Vargas Llosa, convirtiéndolo en prominente director de cine y exitoso adaptador y adaptado de sus propias novelas. Es así: en más de cinco páginas vemos numerosas fotos en su labor como director de la versión de cine de 1975 de Pantaleón y las visitadoras, experiencia tan desastrosa que el propio Vargas Llosa se mofó de sí mismo en este papel –el hilarante video puede verse en Youtube, con motivo del Festival de Cine de Lima de 2008-, es decir, algo totalmente inadecuado para exhibirlo con oropeles en un libro-homenaje. Para añadirle la cereza a esta torta de extravíos, encontramos cinco páginas de homenaje a “personajes” de don Mario ilustradas a toda página con las caras de José Sacristán (el actor que hizo de Pantaleón en el film de 197), Isabella Rossellini (la Urania del cine) y del flaco anciano que encarnó a Rafael Leonidas Trujillo en ese desastre cinematográfico que es La Fiesta del Chivo. Digo que el flaco actor “encarnó” y quizás sería mejor decir desencarnó, pues quien conozca físicamente a Trujillo sabe bien que el dictador era mofletudo y rechoncho, además de ser un alto Caribe negroide y el actor un blancón de altura común… y si parece que le dedico demasiadas palabras a este actor de cuyo nombre y actuación no quiero acordarme, véase en cuántas páginas del libro aparece su imagen: por lo menos en tres. ¡Y pensar que se consideró a Al Pacino para el papel! De buena se salvó el maestro.

Así están de pobres las ideas visuales en este libro: la única concepción de ese erotismo que anida y flota tenaz por los libros de don Mario nos la sugieren, en dos páginas, unas fotos amatorias de la actriz y el actor que participaron en la buena versión de cine, la de 1999, de Pantaleón y las visitadoras. Más bien, parece que se confundieron de homenajeado y creyeron que la relación de Vargas Llosa con el cine ha sido tan larga como la que ha tenido durante décadas García Márquez. O al profano acaso le sugiera algo peor: que Vargas Llosa es escritor de literatura sólo porque es un cineasta frustrado.

De acuerdo, Javo, te concedo que en el caso de Odría sí pusieron una foto auténtica. ¿Pero qué hubieran puesto si existiera una película de Conversación en La Catedral? “….!”, dice Javo. Javo ha comprado este libro hace muchos meses y no ha querido comentarlo.  Pienso que él, que escribe hasta tres reseñas semanales, ha desistido  por la pereza y la desidia que le provocan un libro-folleto cosido con esos mismos impulsos.

El libro es del 2008 pero lo he comprado recién el 2011 porque, hojeado en librerías, nunca encontré justificado pagar los 90 dólares que me pedían. Esta vez lo encontré a 35 y ya no creo que lo pueda encontrar más barato. “No sirve para nada este libro”, me dice Javo, “pero hay que tenerlo”. Estoy de acuerdo con él. Es un trofeo de una victoria pírrica, que causa dolor por la plata malgastada que hubiera podido usarse para libros de verdad, y al mismo tiempo contento por tener juntos algunos papeles y fotos inéditos de don Mario. De todo eso me quedo con la última foto que se tomaron abrazados, y solos ellos dos, García Márquez y él en el puerto de Barcelona, en 1974.

Por cierto, para los dos lectores bibliófilos que tengo, quiero señalarles que mi edición viene con una caja de estuche, detalle que se ha birlado en muchos ejemplares que he encontrado en librerías y libreros de viejo. Lo curioso es que la vendedora que me ofreció el libro estaba muy al tanto del detalle y me lo hizo saber, pues sabría ella tan bien como yo que con estuche o sin él el libro tiene el mismo precio en el mercado. Horrible destino de este libro: en una librería de libros nuevos encuentro un ejemplar casi destrozado, como arrojado contra el piso y pisoteado. Sin estuche, por supuesto. Imagino que algún animal decidió encarnizarse con el libro-homenaje, molesto por el apoyo de don Mario al candidato y hoy presidente Ollanta Humala; la bestia acaso ignorara que cosas parecidas se dice que se hicieron con ejemplares de La ciudad y los perros. El libro destazado, por cierto, se vende a precio de nuevo pero imagino que le hacen un diez por ciento de descuento si uno exige una consideración.

Javo me dice: “Bueno, Guto, haz hecho un acto de generosidad pública descuartizando el libro de homenaje, pero recuerda que los homenajes no sirven para nada más que palabras vacías. Si quieres hechos y no palabrerías, relee los libros de Mario y coméntalos, que son lo único que vale la pena comentar. Pero has batido un record, por lo menos en nuestra lengua y en estos tiempos: es la primera vez que leo una diatriba contra un homenaje de parte de alguien que también admira al homenajeado.” 

jueves, 7 de julio de 2011

Los autonautas de la cosmopista, 1983: Julio Cortázar y señora en cueros verbales

Julio Cortázar llamó “almanaque” al primer libro loco que publicó, en 1968: La vuelta al día en ochenta mundos. En este, se alternaban recortes, numerosas imágenes y textos propios de variada naturaleza, desde el ensayo culto hasta un ocurrente epigrama escrito de un tirón en una tarde. Julio habría de publicar dos almanaques más de largo aliento que, junto con sus tomos de correspondencia, son el conjunto más cercano a la autobiografía que nunca quiso escribir. Los autonautas de la cosmopista, el último y precioso almanaque que escribió, es la prueba contundente de que nunca necesitó escribirlo: aquí compartimos con él una aventura profundamente autobiográfica, totalmente enraizada en quién era él como creador y ser humano.
A cuatro manos con su pareja Carol Dunlop, el libro es la narración pormenorizada, con mapas y fotografías, de un viaje por los 800 kilómetros de la autopista París-Marsella, durante 33 días en los que Julio y Carol vivieron unas horas cada día en la mitad de los 66 parkings a lo largo del camino. No hay errata en lo que acabo de escribir: hay intenciones científicas (patafísicas, en lenguaje cortazariano) para el inicio de esta expedición, que por supuesto son absurdas hasta la delicia y que se suceden hasta asimilar a su lector al propósito último: el puro placer del viaje en carretera con dos pilotos de excepción, “El Lobo” (Julio) y “La Osita” (Carol). Hay que leer cómo este par come enlatados para cada tantos días premiarse en un restaurante digno construido en uno de los parkings, o se halla perseguido por los gasfiteros de W.C. como en el Duel de Spielberg, o alucina con los conos de Hombres trabajando, confundiéndolos con sombreros de brujas, y los juegos para niños con solapados instrumentos de tortura inquisitorial. Esos incidentes, casi happenings trasnochados y divertidos, tienen pausas largas y bellas de narraciones ensimismadas: Julio comentándonos sus preferencias musicales (dos cuartetos de Schubert, Lutoslavski, tangos argentinos) o la confidencia, en voz baja, de cómo duerme la Osita con él -defensa del dormir desnudo incluida- en la camioneta Volkswagen que han bautizado Fafner en honor al dragón wagneriano. Carol misma nos sorprende con la delicadeza y humor de sus textos –su visión de una mujer en bragas en la puerta del WC, sus travesías accidentadas por los bosques de los parkings-, mientras batalla con los demonios de una enfermedad incurable.
“Ya, pero a mí me interesan solo los cuentos de Julio”, me dice Javo, que considera a Julio el mejor cuentista que ha conocido en sus 28 años de lector. Pues bien, Julio señala, en la última entrevista que dio –al periodista uruguayo Omar Prego Gadea-, que en Los autonautas de la cosmopista se había permitido hasta escribir cuentos en la ruta, lo que es cierto si buscamos en el libro la serie de “Cartas de mamá” y el texto independiente “Comportamiento en los paraderos”. Sólo llama la atención que, amparados en la santificada indicación del autor, éstos no hayan sido incluidos en los tomos de Cuentos completos que Alfaguara y Galaxia Gutenberg, respectivamente, agotan desde hace años. Estas editoriales no pueden aducir temor de traicionar a Julio si ya habían tomado para la recopilación de cuentos tres textos del segundo almanaque de Julio, Último round. Qué pudo ser sino negligencia.
Los autonautas de la cosmopista es el último libro que se publicó en vida de Julio. ¿Es un testamento? Lo fue para Carol, pues falleció en noviembre de 1982 y Julio tuvo que escribir el punto final solo. Para Julio, tengo la impresión de que fue, más bien, la luna de miel que hubiera querido tener con Carol si alguno de ellos todavía hubiera creído en el matrimonio. Quien haya leído el tercer tomo de la correspondencia de Julio, que abarca los años en que Los autonautas de la cosmopista se escribió, encontrará un notorio contraste entre el embebido militante político de las cartas y el Lobo hambriento de vivir del viaje atemporal París-Marsella. A fines de los setenta y comienzos de los ochenta, Julio era ambos hombres, sin duda, pero las menciones en el libro a la guerra de Las Malvinas –con desaprobación- y a la revolución en Nicaragua –con aprobación-, que son menciones al paso, están puestas con la incomodidad de quien se encuentra en vacaciones y no quiere discutir del trabajo de oficina, que es en lo que se había convertido su participación política. El último proyecto de Julio era que 1984, el año en que murió, fuera contra viento y marea el año sabático en el que se propondría por fin escribir una nueva novela que flotaba en su mente todavía “como una nebulosa”.
Que, entre el cuentista-novelista y el loco escritor de almanaques autobiográficos, yo prefiera al ser humano que dibujó en los textos donde él es personaje central, es un detalle que espero no invalide mi recomendación de Los autonautas de la cosmopista, reeditado algunas veces (en Muchnik su primera edición, en Alfaguara un par de veces por lo  menos). Es innegable que es un libro apenas difundido, ubicable en librerías y libreros de viejo sólo cuando no se le busca. No lamento que este libro secreto no se convierta en un longseller cortazariano; de hecho, que esto ocurra es un secreto placer, un secreto entre Julio, Carol y yo, al que acaso ahora se una el desprevenido lector que al toparse con este comentario anote el libro en la mente, arrime el dato en el inconsciente, y sólo cuando lo encuentre alguna vez extraviado entre libros mil, tenga el pálpito de comprarlo y emprender el viaje.